Le estoy viendo y me mira. No es un chico muy guapo pero tiene atractivo. Me está sonriendo. Salgo a la terraza con paso suave, lento, dejando que mi vestido blanco se ondule al contacto con el aire fresco de la noche. Siento que sus ojos me buscan con avidez entre aquella multitud que escucha extasiada un concierto de piano. Nadie se mueve, los vestidos de colores pastel hacen juego con el carácter de los invitados, manso. Vuelvo la mirada al oscuro manto estrellado y diviso a lo lejos, en la playa, una fiesta. Desciendo por las escaleras de mármol rosa hasta los jardines de la residencia celestial y me dirijo con paso siempre suave hacia el fuego que ven mis ojos. Oigo movimiento detrás de mi, será el joven moreno que me sigue. El recogido que llevaba para la ocasión se va deshaciendo, y algún rizo me cae a los hombros. Pelirroja, como mi madre. Tan bellas… Noto que se me acelera el pulso y me escondo entre los setos. El vestido blanco se está tintando de negro en los bajos, pero no me apena. Sé que está desorientado y rastreando la zona. Su pelo negro, al igual que el mío, ya no está tan perfecto como antes, cuando crucé dos palabras con él. Empiezo a caminar lentamente de nuevo, con la respiración agitada. Un leve crujir de un seto a mi paso le alerta y continua su caza. No puedo evitar sonreir y morderme los labios, mis carnosos labios. Veo la playa, la tibia arena en la que los cuerpos danzan sin control. Una hoguera se alza en la noche dotándolo todo de color y viveza. Piso tan mágico suelo y me introduzco en este nuevo universo. Me percaté de que la blanca cinta que recogía mi cabello se había caído apenas dos pasos atrás. Mi vestido se había convertido en un espejo del fuego que ardía y comenzaba a bullir en mi interior. Percibo su presencia detrás de mi, su penetrante olor corporal. Siento su respiración agitada entremezclarse con mi pelo. Doy unos pasos más y noto que mi sombra me sigue. Soy capaz de adivinar la trayectoria que recorren las gotas de sudor por mi cuerpo; mi cuello, mi pecho, mi terso vientre, mis sugerentes caderas anchas, mis curtidas piernas. Camino hacia la orilla, introduzco un pie sutilmente en el agua. Al contrario de lo que pensaba, está caliente. Dejo que las olas vayan definiendo mi silueta a medida que m vestido con su contacto. Me giro y puedo verle mirándome, parado en la arena. Las llamas le otorgan un aspecto diabólico que me atrae. Me sumerjo en el agua por completo y vuelvo a mi posición anterior. Estoy empapada, mi cabello inundado de agua. Me observa y con paso decidido camina hacia mí. Noto que mi cuerpo le espera impaciente. Al llegar a mi lado me roza los labios con un dedo. Miro hacia la playa y veo que la inmensa hoguera arde y crepita más que nunca, y ya no diviso el palacio. Tras un significativo silencio, nos sumergimos en el mar.