Las navidades ya han llegado a su fin, cerrando la etapa que cada año comienza con más antelación, allá por el mes de noviembre. Las luces en las calles, los árboles de colores y los monótonos villancicos llegaron tras el día 7 a su cenit, dejando en los niños una sensación de vacío y añoranza. Comienza la rutina de nuevo.
Muchos serán los que miren hacia atrás con anhelo, conservando un grato recuerdo de lo que en apenas dos semanas nos ha invadido… o quizás todo lo contrario. Porque para algunas personas la navidad es sinónimo de vacaciones y descanso, pero para otras se podría resumir en una palabra: trabajo.
Aquí, en Madrid, quién no se ha paseado una noche bajo el cielo de la Plaza del Sol, o no ha visitado los puestos de la Plaza Mayor; quién no ha visto nunca aquel multitudinario espectáculo infantil conocido como Cortylandia, o quién no se ha perdido vagando por la Gran Vía… cierto era que el frío no acompañaba, pero eso que se conoce como “espíritu navideño” hacía las veces de voluntad. Tiendas, restauración y espectáculos se ofrecían en esta época tan aparentemente halagüeña, permitiendo que muchos de nosotros pudiésemos disfrutar gracias al esfuerzo de unos pocos.
Cierto es que la Navidad se considera una fiesta general, pero a veces supone una duplicación de la actividad. Comercios que cierran tarde en nochevieja, prestos hasta el último momento para garantizar un regalo en fin de año; restaurantes abiertos hasta altas horas de la madrugada que sirven menús en días clave como nochebuena; ó los estudiantes que hacen horas extras como empaquetadores, facilitando el trabajo a miles de padres presurosos… sin hablar por supuesto, de aquellos profesionales de la salud (médicos y enfermeros entre otros) y de los que velan por nuestra seguridad (Policía, Guardia Civil y bomberos, por ejemplo), que no gozan siquiera de vacaciones.
Gracias a todos ellos hemos podido disfrutar de unas vacaciones en mayor o menor medida “acomodadas”, teniendo a nuestra disposición todas las prestaciones que deseásemos con sólo hacer un leve chasquido de dedos. Y llegados a este punto le ruego al lector que se haga esta pregunta: ¿acaso esto no es magia? Con el paso del tiempo, hemos llegado a una situación en la que hablamos con un fervor increíble del “espíritu navideño” y reivindicamos constantemente el deseo de paz, tan puesto de moda en estas fiestas, e incluso compramos regalos para aquellos a los que supuestamente amamos… pero ¿no es ya un regalo el simple hecho de que haya personas dispuestas a sacrificar una pequeña parte de su fiesta para aportarnos un mayor bienestar?
Navidad y consumismo han ido durante muchos años de la mano, cuando en realidad el verdadero motor, los verdaderos pilares de la gran catedral que supone la Navidad son estas pequeñas personas, estas personas en las que normalmente no reparamos y a las que no acudimos sino cuando precisamos ayuda. Esas personas a las que aunque no veamos, sabemos que siempre están allí, entregándonos un pedacito de ellos con cada sonrisa, con cada regalo, con cada “Felices Fiestas”. Unas personas a las que, como mínimo deberíamos un “Gracias”.
8 ene 2008
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