7 may 2010

Miedo

Después de unos intensos meses, vuelvo a la carga con la cabeza gacha, y reconociendo que he dejado pasar demasiado tiempo sin visitar este lugar de reflexión y sinceridad.

Avanzó el curso y con él mis ilusiones por trabajar en este complicado mundo que alguien denominó periodismo, y que cada vez más, se va introduciendo en cada fibra de mi ser, calando hondo, transformando mi presente y mi vida en general. Sobre todo cuando tienes la oportunidad mágica de apoyarte en una mano amiga que se te brinda de repente, como salida del cielo. Que te muestra un universo en el que jamás hubieras imaginado estar, y en el que desde el momento que pisaste sus estrellas, se convierte en un sueño para tí. Es momento de poner energías y dejarse el alma en este proyecto que parece que despega y en el que alguien apostó por tí, tal vez porque creyó que de verdad valías. Que de verdad tenía sentido seguir en este camino.

Por otro lado dicen que "el valiente no es quien no tiene miedo, sino el que teniéndolo, consigue superarlo". Siendo sincera, últimamente me he dejado atormentar por pesadillas y situaciones irreales, que es muy probable que no ocurran, pero que me dan tanto miedo que incluso a veces he llegado a tener vértigo al enfrentarme cara a cara a ellas. Hoy me dijeron que abriera los ojos, que viera que tales temores no son tan grandes como parecen, y que no tiene sentido que condicione mi vida por ataques de pánico infantiles. En primer lugar no son infantiles, y ya me gustaría a mí no tenerlos ni haberme sentido tan asustada. Sin embargo consiguieron animarme, tal vez no con las palabras adecuadas, pero sí con el mensaje que había tras ellas.

Mi miedo también me incluye a mí, y a la concepción que tengo de mí misma. Resultará paradógico después de todos los post que llevo escritos e incluso teniendo en cuenta ciertas cosas que comento por aquí, que me preocupen estas cosas. Pero soy así de absurda. Parece que toda esta manía por la superficialidad, el gusto por parecer maniquís del que tanto me quejaba en voz alta y la reacción de aquellos que las observan, me terminó afectando. Qué estúpida eres me digo a veces en voz baja, y tras esos instantes renace en mí una confianza superflua, de quita y pon, de esas que son postizas y que se deshacen con un soplo de aire. A veces incluso afecta a aquellos que me rodean y que más quiero, y solamente por esos momentos me pegaría dos bofetones en la cara, de esos que duelen. Por que no quiero hacer sentir mal a nadie, pero soy consciente de que yo sola con esto no puedo. Y grito, pero grito mal y flojo, porque no sé hacerlo de otra manera. Hasta que de repente, en medio de la oscuridad, alguien me escucha y comienza a secarme las lágrimas. Lágrimas de derrota, de humillación y de saberme extraña. De haberme cegado tanto que apenas vislumbraba la belleza de los rayos del sol que me iluminaba todos los días, y que descendió para ayudarme. Desde ese instante, siento en mi cuerpo un calor que poco a poco, hará que se evaporen mis miedos.

1 comentario:

Maria dijo...

Me encantaría que no tuvieses que sufrir, ni vivir pesadillas, ni equivocarte, ni caer...Pero creo que entonces te perjudicaría, porque te estaría quitando la maravilla de conocer el mundo tal y como es. Te lo dice quien se ha caído tantas veces que perdió la cuenta. Pero quien cree en ti y te apoyará siempre. Y estará ahí para recordarte siempre quién eres, en los buenos y malso momentos...El mundo está lleno de cobardes, vamos a ponernos un poco valientes. Un abrazo. M46