6 nov 2011

Sin Promesa

No voy a volver a prometerlo, porque parece que al hacerlo, el deseo de escribir se diluye. Resulta paradógico, ¿verdad? Cuando el placer se convierte en obligación, desaparece. Como si nos rebelásemos, de manera inconsciente, ante aquello que comienza a darse por hecho, por establecido, por permanente. Como si el deseo pudiese morir. Como si las palabras pudiesen contenerse en los dedos de las manos, en la punta de la lengua. Como si fuese posible que la escritora que llevo dentro pudiese dejar de escribir algún día. La diferencia entre punto y final, o punto y aparte.

Por eso no prometeré nada. Sólo pasaba por aquí y en el camino, se me cayeron las letras de las manos, y buscaron solitas un lugar donde plasmarse. Donde siempre huyeron. Aquí.