10 jun 2008

La crisis se abalanza sobre el Titanic

Dejo aquí el artículo de este mes de la revista; espero que os guste :)

El precio del pollo por las nubes. Ningun teta-brick de leche en las estanterías, las carreteras paradas… ¿qué es lo que está pasando en nuestra sociedad? En los últimos días, un grito ahogado se hace sentir en las calles. El nerviosismo da paso a la histeria y ésta al interruptor de la alarma social. Suena en todas las centralitas que quieran escucharla. En otras, el sonido se escapa por las ventanas, volando hacia el infinito. El gran buque en el que habitamos todos parece que empieza a hacer aguas, fruto de quizás una colisión con un iceberg, del que sólo se divisaba la cima.
Los maquinistas del enorme Titanic, ante la perspectiva que se les presenta, han tirado las palas al suelo metálico sobre el que trabajan y que tanto calor les ocasiona. Y el barco se hunde. Las compuertas descienden lentamente, se sellan dejando a los verdaderos motores del buque encerrados, oprimidos contra la más que probable catástrofe. Si ellos deciden no continuar, no habrá posibilidad alguna de llegar al puerto más cercano. Los pasajeros de tan inmensa promesa han hecho acopio de todo aquello de valor que poseen, los responsables del mantenimiento y seguridad de dicho barco les han hecho entrega de unos salvavidas que quizás les salven de hundirse, pero no de congelarse en las gélidas aguas que les acechan. La tensión aumenta. Las prendas de abrigo ya han comenzado a escasear y la angustia se extiende por los pasillos. Nadie sabe muy bien qué es lo que está sucediendo; como dice un conocido anuncio: no se nota su presencia hasta que falta.
El capitán, paralizado, no llega a comprender qué es lo que está fallando, intenta dar con la respuesta más rápida ante tal crisis. Sus manos tiemblan al conocer que los pilares del avance del barco se han derrumbado a causa del trabajo ejercitado. Sus piernas ceden al observar que el pánico comienza a calar en la tripulación. Sabe cuál es la solución, su mente no hace más que recurrir a ella. Pero él no cede. Al fin y al cabo, es el capitán…
Los pasajeros, ante tal situación de impotencia, se consuelan unos a otros fingiendo calma. “Esto no puede terminar mal”, claro que no. Si el barco finalmente se hunde, dispone de un número limitado de botes salvavidas. Limitado. Aquellos cuya renta les haya impedido adquirir un billete de primera clase verán reducidas sus esperanzas de continuar viviendo tal y como lo habían hecho hasta ahora, sin que esa agua gélida que promete rodearles les acaricie el cuello. Ellos sí necesitarían ahora un milagro.
Aún no se ha sumergido del todo, pero nuestro navío ha comenzado a hacer aguas. Sus motores, extasiados, no pueden más; el calor les ha vencido y la situación se ha vuelto insostenible. Los viajeros que van en él se contemplan unos a otros, buscando una indicación, un camino por el que salir corriendo. Y el capitán y sus oficiales, impasibles, mientras el Titanic se precipita a un abismo que parece no tener fin.

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