26 sept 2008

Te haré creer (I)

Allí estaba ella. Sola. Levantó la cabeza y recorrió con la mirada el ahora imponente edificio de la Escuela Oficial de Idiomas de su pueblo, Valdemoro. Era su primer día y como tal, corría por sus venas la esperanza y la ilusión que produce empezar algo nuevo. Con paso decidido se aproximó a la entrada, abrió la puerta –que según ella parecía pesar toneladas- y entró. En el breve ascenso hasta el primer piso no pudo evitar pensar que esta vez tendría suerte, esta vez sí. Había llegado: 2º A de Francés; respiró profundo y se introdujo en su clase.
Lo primero que buscaron sus ojos fue a un chico de su misma edad. Lo vió sentado en una mesa al final del aula, de espaldas… lejano. Todos sus demás compañeros eran personas mayores, por lo que suspiró con resignación y abatida, se dejó caer en la silla de la única mesa vacante. <<>> pensó apesadumbrada. Aquel anhelo que traía consigo se había esfumado, y cayó en la cuenta de que siempre le sucedía lo mismo; parecía que estaba resignada a estar sola. Todos los años, cuando comenzaba el curso, esperaba encontrar entre sus compañeros alguna cara nueva, que quizás fuese la del chico con el que tanto había soñado. Había pasado los últimos cinco años sembrando semillas en campos yelmos, cosechando apenas migajas. Pero ella no se rendía; sabía que tarde o temprano encontraría a alguien que la quisiese como ella era, que la entendiese, que cuidara de ella. Sin embargo, a veces su marcado carácter optimista decidía tomarse unas vacaciones, dejando paso a tardes de soledad y lágrimas. <>. La clase se sucedió con rapidez, y a las dos horas ya estaba de nuevo en su casa. Se fue a la cama con la esperanza herida y con la imagen de aquel chico misterioso en su cabeza.
En la segunda semana que acudió a clase se despejó una de sus incógnitas. El chico moreno del primer día se sentó a su lado con gesto tímido. La excusa que utilizó para intercambiar unas palabras con ella fue el bolígrafo verde que le pidió, y gracias a ello pudo enterarse de cuál era su nombre y su vocación. Estaba estudiando periodismo. Ella le observaba, intentando estudiar su personalidad. Tenía el pelo moreno, cortito, y unos ojos marrones rasgados ocultos tras unas gafas. Sin embargo, lo que más le llamó la atención fueron sus manos. Los dedos finos, de pianista, y la muñeca llena de pulseras. Le miró a la cara y supo desde ese mismo instante que quería conocerlo a fondo.
A pesar de este encuentro, la vida de la joven no giraba entorno al francés. El instituto, sus padres, y la natación le robaban prácticamente todo su tiempo. Las tardes que no iba a la Escuela de Idiomas las empleaba en hacer sus deberes, en escribir alguna que otra poesía y en leer. Le encantaba escribir, lo llevaba haciendo desde que tenía uso de razón. Como un caballero con su espada, las armas que ella portaba eran un bolígrafo, algún que otro papel y un libro. Todo ello ayudaba a que sus tardes de soledad se hiciesen más llevaderas; encontró su refugio en la palabra. Bien era cierto que en realidad no estaba sola; contaba con su familia – sus padres y su hermana, que aunque tenía tres años menor que ella constituía una de sus principales fuentes de apoyo- y con su mejor amiga; pero el calor que ella buscaba con tanta urgencia ellos no se lo podían proporcionar. El dorado que ella perseguía no era otra cosa que el amor, el auténtico amor. Creía firmemente en su existencia, todos los cuentos que había leído de pequeña y con los que había crecido hablaban de él. Tenía que existir, y pensaba encontrarlo. Sin embargo el tiempo iba en su contra, y de momento no había tenido demasiada suerte. La clave estaba en no desistir.
A las pocas semanas de comenzar su aprendizaje, otra de las aficiones que le comenzó a interesar, fue internet. Descubrió que podía ser una buena herramienta para conocer a las personas, hablar con ellas e ir resquebrajando la careta que a menudo las envolvía. De esta forma también empezó a hablar con “el chico de francés”. Las conversaciones no duraban demasiado tiempo, porque la natación y demás quehaceres la reclamaban. Pero ella estaba contenta: poco a poco estaba consiguiendo saber un poco más de la vida de aquel chico moreno. La verdad es que le parecía muy buena persona, de aquellas excepcionales que hay en el mundo y rara vez se encuentran, y por ello se sentía orgullosa de haber dado con una de ellas. Normalmente, el tema de conversación no era otro que los problemas que a ambos les preocupaban; así ella fue abriendo poco a poco su corazón, una vez más a lo largo de su vida. La principal diferencia con las anteriores, residía en que aquel chico la escuchaba, se preocupaba por ella. A la par, él comenzó a relatarle “por entregas”- pues cada vez que se conectaba no duraba más de media hora- una historia que encerraba en lo más profundo de su corazón, y que explicaba lo herméticamente cerrado que estaba a la hora de mostrar sentimientos. Eso a ella le rompía el alma. No entendía cómo se refugiaba tanto en sí mismo, le asombraba el que hubiera sido capaz de sellar su corazón bajo llave. Pero eso la atrajo aún más. Ahora comprendía el motivo que le había empujado a ello, aunque no le parecía suficiente. Llegados a un momento determinado, él le confesó que se consideraba un “anti-cupido”, que no creía en el amor… y eso a ella le rompió su propio corazón. ¿Cómo iba a no existir el amor, si era lo más bonito que podía pasarle a una persona? Desde ese momento le propuso un objetivo: iba a demostrarle que el amor existía.
Sin apenas darse cuenta, llegaron las navidades y con ello, la fiesta de navidad de la Escuela Oficial de Idiomas. En realidad no era más que una excusa para quedar todos juntos fuera de clase y tomarse algo allí. A decir verdad, era la excusa perfecta. Ella se arregló un poco más que de costumbre y con la compañía de una amiga, se dirigió hacia la fiesta. Según le había comentado el chico moreno, aún no sabía si le sería posible acudir, puesto que había quedado con sus compañeros de la universidad para comer, y no sabía si llegaría a tiempo. Ella le esperaba, porque tenía la intuición de que acudiría. Y no le falló. Poco antes de comenzar los villancicos llegó él, también más arreglado que de costumbre. Sin darse cuenta una sonrisa iluminó su cara, y contagió al rostro del muchacho, que hizo lo mismo. Aquel chico ya había demostrado con ese gesto que ella le importaba, cosa que no había hecho nunca nadie por ella. Sus sospechas se vieron entonces confirmadas: se había convertido en su mejor amigo. Tras la fiesta se fueron juntos, hablando de todo un poco. La conexión entre ambos era perfecta, la química hacía que saltasen chispas que ninguno de los dos veía. Estaban demasiado entretenidos descubriéndose. Cuando llegaron al portal de su casa, ella le invitó a entrar, haciendo sin percatarse que él se olvidase de aquello que hasta entonces era lo más sagrado: el fútbol. Durante dos horas las palabras se pelearon por salir de sus gargantas, y cada uno apoyado en la pared de enfrente, se contaron mil historias. Se hizo tarde y se despidieron; ella le obligó a que le diese dos besos – él no estaba acostumbrado- y le vió partir con tristeza. Había pasado uno de los mejores días de su vida, y había sido a su lado.

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